Esta semana, el aula de biología de las clases 5 se transformó en un pequeño laboratorio de investigación: el alumnado se puso tras la pista de las unidades más diminutas de la vida: las células. Con miradas curiosas y el nuevo conocimiento sobre la estructura y el manejo del microscopio óptico, se lanzaron a investigar por sí mismos.
A partir de preparaciones de la planta acuática Egeria, el alumnado exploró, al microscopio, mundos vivos que habrían permanecido ocultos a simple vista.
No solo se pudieron observar las paredes celulares y el citoplasma, sino también los cloroplastos verdes: los orgánulos en los que la energía de la luz se utiliza en la fotosíntesis para producir azúcares.
El trabajo práctico fomentó además la precisión y el trabajo en equipo: el alumnado preparó sus propias muestras, comparó resultados e intercambió impresiones sobre descubrimientos sorprendentes. De este modo, el conocimiento teórico cobró vida y la ciencia se volvió una experiencia palpable.
Para finalizar, el alumnado recibió un “carné de microscopio” —un certificado que reconoce sus nuevas habilidades y la alegría de investigar: quien ha mirado alguna vez por el ocular de un microscopio no solo ve células —descubre toda una nueva perspectiva del mundo.

